viernes, 17 de octubre de 2008

Tedio

Este cuento lo escribí hace ya un buen tiempo,
pero recién lo publico, supongo que porque,
antes no tenía título —que aún no tieneuno definitivo.


En medio de la nada de la conciencia de la vida, larga vida, perdida en la monótona tarea de repetir el placer hasta que se vuelve hastío y luego sólo esta nada, esta pobre alma se detiene. La nada vacía de su mundo difuso empieza a ver sólo un par de manos lozanas pero frías, propias del estado de muerte de su alma, dos veces muerte allí en el Infierno. Su cuerpo parece el mismo, pero al mismo tiempo no el mismo. Y todo esto a la vez que nota lo absurdo de su estado.

--¡¡¡Ha, ha, ha...!!!

Estalla una risa que parece la de un loco, un enajenado... ¿Un exstático? En medio de la nada y de la contemplación de su nada, se hallaba ante la nueva belleza de su absurdo: bello porque su destino ya habría cambiado.

—Buen Señor infernal —dijo nuestro trágico héroe, con una satisfecha sonrisa, no tan suave como debiera por la falta de práctica de todo el tiempo perdido—, estaba justo pensando si podía preguntarle algo.

—Por supuesto —respondió el dios sirviente, con la misma "amabilidad" que le había sido ordenada y que había mostrado hasta el momento—, estoy aquí para lo que necesite —y terminó respondiendo de la mejor y más natural manera con otra sonrisa.

—Es que me preguntaba si, ya que voy a comer estos deliciosos manjares por toda la eternidad —y lanzó esta frase lanzándole también una sonrisa a su compañero, como esperando que celebre su buen humor, respuesta que recibió; y continuó— me preguntaba si podría usted cambiar los platillos cada cierto tiempo, pero sin dejar de hacerlos tan maravillosamente como hasta ahora...

El dios se quedo mirándolo impávido, casi petrificado por un momento. Parecía querer estar seguro de lo que escuchaba. Luego la risa de quien se desconoce era la de él. El castigado se turbo por un momento, preguntándose si habría sido una buena idea jugar a ver que haría el destino con él después de todo lo sucedido, como quien no aprende esa dura lección. Después de un momento el dios se tranquilizó y con una rara sonrisa imposible de describir respondió.

—Pues... debo confesar que yo mismo me estaba aburriendo de preparar siempre lo mismo. ¡El cambió nos hará bien a los dos y mejorará nuestra amistad! ¿No lo creé?

—¡En eso mismo pensaba yo! —respondió nuestro bribón, dándose cuente recién del castigo que había recibido.

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